Cuando a la pareja se añaden otros miembros, como son los hijos, las relaciones se hacen más complejas.
El problema puede llegar cuando una pareja sin haber superado determinados conflictos de su relación deciden tener hijos o adoptarlos en la esperanza de que su presencia y compañía les ayuden a vivir mejor y les rediman de sus frustraciones.
Los hijos, desde su desamparo e incapacidad de valerse por sí mismos, ejercerán sobre los padres una crecida demanda de cuidados. ¿Podrán adaptarse los padres a esa demanda? Y más adelante, ¿podrán los niños satisfacer las necesidades de sus padres, en cuanto a paliar su soledad y compensar su baja autoestima, con logros intelectuales, económicos, deportivos, etc., que satisfagan tales necesidades de sus progenitores?
Siempre y cuando en el sentir del conjunto de la familia los logros superen a los fracasos, la satisfacción predominará y la familia funcionara, y su estima y valoración se verán compensados.
Ahora bien,aún en las familias consideradas “normales”, con frecuencia se hace inevitable la utilización que alguno (o algunos) de sus miembros hace de los demás en provecho propio: los padres de los hijos, los hijos de los padres, o los padres y los hijos entre sí.
En estos casos, los padres se quejarán de que los hijos no valoran sus esfuerzos, no les respetan, son egoístas y "van a lo suyo" y los hijos dirán de los padres que viven en otra época y que no se esfuerzan por entenderles, etc.
Tampoco es infrecuente que uno de los padres acuse al otro de intentar marginarle y /o desacreditarle ante sus hijos.
Aparecerán celos, envidias, sentimientos de ser marginados, no queridos, no valorados, emociones que dejarán marcas y podrán afectar a las relaciones familiares y, como consecuencia, a cada uno de sus miembros. Ante tales situaciones, la reflexión familiar conjunta podrá ayudarles a superar sus dificultades.
A continuación se enumeran algunos de los momentos claves en la evolución de las relaciones familiares y de pareja:
Para las parejas cuyo vínculo de unión se mantiene frágil e inestable a pesar de los esfuerzos de ambos por darle una mayor consistencia, cualquier episodio más o menos importante de la vida cotidiana (el nacimiento de un hijo, un suspenso en sus exámenes, una contrariedad en la economía familiar, una enfermedad...) puede afectarles.
Con la llegada de la adolescencia se planteará de manera más intensa “la confrontación generacional”. Es éste un momento fundamental que pone a prueba la consistencia de las relaciones familiares y en especial la solidez de ambos padres, individual y conjuntamente como pareja. Pero es que, además, para el chico o chica adolescente es el momento clave de su maduración hacia la adultez, y si resulta cierto que la terapia familiar conjunta puede resultar útil en muchos momentos, en la adolescencia se hace con mucha frecuencia imprescindible.
Otro momento importante sería aquel en el que los hijos por su edad "anuncian" que les ha llegado el momento de marchar, de vivir independientes o de formar su propia familia. Ante tal situación, la pareja que pudo decidir en su día (hace ahora, ya, muchos años) tener hijos para ignorar las dificultades en su relación, quedan solos, frente a frente, y las dificultades de entonces, que quedaron aparcadas y sin elaborar, vuelven a hacerse presentes, y con frecuencia acrecentadas al comprobar, decepcionados, que la llegada de los hijos no sirvió para superar sus diferencias.
Otro momento clave que no queremos dejar de resaltar, aunque sea de manera muy concisa, corresponde a un enfoque predominantemente preventivo de la terapia de familia.
Tal sería el caso, por ejemplo, del niño en edad de lactancia, de escasos meses, que no duerme, que no come o lo hace con dificultad, y que con sus dificultades hace desesperarse a los padres o propicia el enrarecimiento de las relaciones familiares, etc., y en quien el pediatra no encuentra razones somáticas u orgánicas que justifiquen esa sintomatología. A veces se le achaca al niño ser causa de las dificultades en la pareja.
En tal caso, pensamos que es muy importante para el futuro del niño, y no solo para el presente, la exploración psíquica que nos permita descubrir qué causas o razones se pudieran estar produciendo en el ambiente familiar que propiciaran el desencadenamiento de la sintomatología que el niño presenta.
¿Por qué es esto tan importante? Lo es porque estas primeras experiencias emocionales quedan gravadas a la manera de huellas o marcas emocionales, (representaciones inconscientes, las solemos llamar) que van a constituir el fundamento, saludable o enfermo, de su personalidad psíquica futura, dependiendo de la cualidad de las experiencias emocionales vividas. Si estas experiencias vividas dejan unas huellas o marcas en las que predominan las emociones positivas, el futuro psíquico del niño, su salud mental resultará ser también, positiva y saludable. De lo contrario, y dependiendo de la intensidad y cualidad de las experiencias emocionales negativas vividas, los problemas aparecerán, también, con mayor o menor intensidad.
Cuando una pareja viene a tratamiento y nos cuentan que tienen hijos pequeños que presentan alguna sintomatología parecida a la mencionada, hacemos hincapié en este punto, y no dejamos de señalar la importancia de las influencias psíquicas tempranas.
En las terapias familiares “precoces”, con un niño muy pequeño, aparte el efecto terapéutico en el conjunto familiar, se hace más intenso el efecto preventivo, (el efecto vacuna), dado que en el acto de la terapia podemos detectar y bloquear la transmisión de los legados perniciosos que inevitablemente nos llegan a través de nuestros padres desde nuestros ancestros, y a la vez, recibir e integrar en nuestra psique, los legados benéficos que también recibimos de nuestros antepasados.
Este proceso es mucho más fácil y eficaz en una mente virgen como es la del niño pequeño; su futuro, seguramente, llegará a ser mejor que el de los padres.
Quienes lean lo que antecede, referido a la terapia familiar precoz con la participación de un niño, incluso de meses, quizás se pregunten como es esto posible. Lo es aunque explicarlo aquí necesitaría mucho espacio del cual no disponemos. Pero sí aseguramos que son unas prácticas cada vez más frecuentes e, insistimos, de una gran eficacia: terapeútica en cuanto a resultados inmediatos, y preventiva en cuanto a resultados futuros.
Las terapias individuales y grupales
Ocupan un espacio importante en nuestro cotidiano quehacer terapéutico. Las terapias individuales, y a veces también las grupales, además del trabajo específicamente individual con la persona que acude a terapia, nos permiten, a través de ella, el abordaje de las problemáticas de pareja y de familia que esta persona necesite abordar, y que no es posible cuando la pareja o la familia no se animan a venir conjuntamente.
|